El silencio en el apartamento se volvió distinto. Ya no pesaba, ya no era ese aire espeso que asfixiaba, sino una calma tibia, como si ambos hubieran soltado un poco del dolor que cargaban. Valeria se acomodó en el sofá, sus piernas dobladas, abrazando un cojín como si fuera un escudo. Gabriel permanecía a su lado, inclinado hacia adelante, con los codos sobre las rodillas, observándola con atención.
Por primera vez en mucho tiempo, Valeria dejó escapar una sonrisa tenue. Era frágil, casi temer