El auto se detuvo frente a la vieja fachada del edificio. La pintura descascarada y las ventanas opacas daban la impresión de un lugar olvidado por el tiempo. Valeria bajó lentamente, con los ojos aún enrojecidos, mientras Gabriel se apresuraba a salir para abrirle la puerta y acompañarla.
Subieron las escaleras angostas, cuyas paredes estaban cubiertas de grietas y manchas de humedad. El pasillo olía a polvo y a ropa guardada demasiado tiempo. Valeria caminaba con pasos rápidos, como si quisie