Gabriel la acompañó hasta la puerta, asegurándose de que estuviera tranquila. Se quedó un instante de pie, observando su rostro bajo la tenue luz del pasillo.
—Descansa, Valeria —dijo con suavidad, rozándole la mejilla con la yema de los dedos—. Mañana será un día diferente.
Ella lo miró, con un nudo en la garganta, y solo atinó a asentir.
—Gracias, Gabriel… por todo.
Él le regaló una sonrisa cálida, y sin añadir más palabras, se giró y descendió por las escaleras. Sus pasos se fueron perdiendo