La mansión estaba llena de ecos, pero nada era tan fuerte como el retumbar del silencio que los tres compartían en ese instante. Alexandre, con su expresión de ira contenida, miraba a Gabriel como si estuviera dispuesto a arrastrarlo al infierno, y Valeria estaba atrapada entre los dos, observando cada gesto, cada respiración, cada palabra. El aire era pesado, como si algo estuviera a punto de quebrarse.
—¿Sabes qué? —dijo Alexandre con voz tensa, pero controlada, acercándose un paso más hacia