La ciudad se sumía en la oscuridad, iluminada apenas por las farolas y los neones dispersos en las avenidas. Era viernes por la noche, y mientras muchos disfrutaban de la vida nocturna, Valeria y Gabriel se preparaban para la misión más arriesgada de sus vidas.
El reloj marcaba las nueve cuando Mónica llegó al pequeño apartamento, con el rostro pálido y el corazón latiéndole a mil. Llevaba una chaqueta sencilla, el cabello recogido y una expresión de alguien que sabía que estaba a punto de cruz