El taxi avanzaba por las calles solitarias de la ciudad. A través de la ventanilla, Valeria observaba los faroles parpadear como luciérnagas cansadas. Sus pensamientos eran un torbellino: la figura imponente de Alexandre en su oficina, su sonrisa venenosa, la seguridad con la que los había dejado escapar. Era como si todo hubiese sido parte de un juego del que ellos apenas conocían las reglas.
Gabriel, sentado a su lado, mantenía el disco duro apretado contra su pecho. Sus ojos estaban fijos en