El guardia la observó en silencio, sus ojos duros como piedra, pero Valeria no se apartó. Había dado un paso arriesgado, y ahora debía esperar una respuesta, cualquier respuesta que la acercara más a la verdad.
Hubo una pausa, una que se alargó más de lo que Valeria hubiera querido. Pero en algún lugar, detrás de esa mirada indiferente, algo pareció cambiar. El guardia, con una leve inclinación de la cabeza, susurró:
—No sé mucho. Solo sé lo que he visto… lo que he oído. Pero te voy a advertir