Sigo.
Hubo una mañana en la que ella despertó con una sensación extraña, casi imperceptible, pero persistente. No era ansiedad, tampoco entusiasmo. Era algo más sereno, más profundo: la certeza de que ya no estaba esperando que algo externo viniera a ordenarle la vida. El orden, con sus imperfecciones, ya estaba dentro.
Se quedó unos minutos mirando el techo, escuchando los sonidos habituales que antes ignoraba: el murmullo lejano de la calle, el reloj marcando el paso del tiempo sin urgencia,