La noche era un laberinto.
Los árboles parecían cerrarse sobre ellos, las sombras se movían como si tuvieran vida propia.
Valeria corría con su hijo en brazos, sintiendo el peso y el miedo quemándole los pulmones. Gabriel apenas podía seguirla, tambaleante, apoyándose en los troncos para no caer.
Detrás de ellos, se escuchaban pasos rápidos, seguros.
Alexandre no corría como alguien desesperado.
Corría como un cazador.
—¡VALERIA! —rugió su voz, tan fuerte que el niño se estremeció en su pecho.