Valeria retrocedió hasta quedar entre la puerta y el niño. Su respiración era un temblor contenido. Gabriel intentó ponerse de pie, pero el dolor lo dobló. Él sabía que no podría defenderlos. No esta vez.
Otro crujido.
Más cerca.
Más lento.
Como si la oscuridad respirara.
Valeria tomó la rama rota que había usado antes. Sus manos temblaban, pero la sostuvo firme.
El niño se aferró a su pantalón, sus ojos enormes, brillantes por el miedo.
Gabriel murmuró apenas:
—No lo enfrentes… no sola…
Pero y