El sonido del motor fuera de la cabaña rompió la calma que apenas habían conseguido.
Valeria se incorporó de golpe, el corazón dándole un vuelco en el pecho. Gabriel intentó moverse, pero el dolor de la herida lo hizo gemir.
—¿Qué pasa? —murmuró, con la voz áspera.
—Escucha… —susurró ella, llevando un dedo a sus labios.
Afuera, unos pasos se hundían en el barro. Eran pesados, firmes, como los de alguien acostumbrado a cazar. Valeria miró por la ventana apenas entreabierta y vio la silueta de un