Gabriel empezó a temblar, el sudor frío perlaba su frente y su respiración se volvía cada vez más agitada. Valeria lo sostenía con las manos temblorosas, presionando la herida con un trozo de tela empapado en agua sucia.
—Gabriel… no me hagas esto —susurró, con la voz quebrada—. No ahora, por favor.
Él intentó sonreír, pero el dolor lo hizo gemir.
—Estoy bien… solo necesito… descansar un poco.
—No, no cierres los ojos —dijo Valeria, golpeándole suavemente la mejilla—. ¡Mírame, por favor!
El niñ