El rugido del motor rompió el silencio del amanecer.
Alexandre iba al volante, los ojos fijos en la carretera que se extendía como una herida gris entre los pinos. A su lado, uno de sus hombres revisaba el rastreador en la tableta, el punto rojo moviéndose lentamente hacia el norte.
—No pueden haber ido muy lejos —dijo el hombre, sin levantar la vista.
Alexandre no respondió. Su mandíbula estaba tensa, los nudillos blancos sobre el volante.
El sonido del tren aún resonaba en su mente; sabía que