La lluvia seguía cayendo con una intensidad que parecía querer borrar todo rastro de lo ocurrido. El cuerpo de Alexandre yacía inmóvil entre el barro, con la mirada perdida hacia el cielo gris. Valeria seguía arrodillada, respirando entre sollozos y temblores. Sus manos aún sostenían el arma, aunque ya no tenía fuerza para hacerlo.
Gabriel, pálido y herido, se arrastró hacia ella y le quitó el arma con cuidado.
—Ya, Valeria… —susurró—. Ya está. Mírame. Respira.
Ella lo miró como si despertara d