Llego a la oficina completamente destrozada. Apenas cierro la puerta de mi oficina, me tiro al suelo a llorar como nunca. Lágrimas y gritos ahogados hacen que mi corazón se quiera salir de mi pecho. La puerta se abre de golpe y siento cómo unos brazos me acunan.
—¿Mía, qué pasa? —Rafael hace que lo mire, pero ni siquiera soy capaz de hablar. —Ya, tranquila, me estás preocupando.
—Santiago... Santiago me pidió el divorcio. —Rafa se queda quieto, sin saber qué decirme; solo me abraza con fuerza.