El ambiente en la sala estaba lleno de calidez y familiaridad. Irma, sentada en uno de los sofás junto a sus padres, no podía dejar de sonreír al verlos allí, tan cerca, tan reales. Después de tanto tiempo sin verlos, aquel reencuentro significaba el mundo para ella. Su madre, Lucía, le sostenía la mano con ternura, como si temiera soltarla y perderla de nuevo.
—Hija —dijo Lucía, acariciando el dorso de su mano—, tu padre y yo vinimos a buscarte.
Irma frunció levemente el ceño, anticipando lo q