La noche había caído sobre la ciudad, envolviendo la casa en un silencio apacible. Camila, al ver a Eduardo y Sofía abrazados en la sala, decidió no interrumpir ese momento de ternura. Subió las escaleras con pasos suaves y, al llegar a su habitación, cerró la puerta con cuidado.
Se sentó en el borde de la cama, dejando escapar un suspiro profundo. Sus pensamientos se agolpaban, y una mezcla de gratitud y confusión la invasión.
—Sé que ellos me quieren proteger —murmuró para sí misma—. Han sido