El reloj de la pared marcaba las nueve de la mañana cuando Álvaro Gutiérrez, sentado tras su imponente escritorio de caoba, hojeaba unos documentos con expresión de fastidio. El despacho estaba en penumbras, iluminado únicamente por la tenue luz que se filtraba a través de las gruesas cortinas de terciopelo. Sobre el bar lateral, varias botellas de licor se destellaban como joyas bajo la escasa iluminación.
Mientras Álvaro repasaba los papeles, un golpe seco en la puerta lo sacó de su concentra