Capítulo 7: ¿Es Él?

El lunes por la mañana comenzó con un ritmo frenético en el piso de la presidencia. Miranda llegó quince minutos antes de su hora, vistiendo el traje sastre azul marino y con su carpeta de notas bajo el brazo. Laura, la secretaria ejecutiva principal, apenas tuvo tiempo de darle una bienvenida formal antes de saturarla con las directrices del puesto.

​—El señor Villarreal es un hombre de hábitos estrictos, Miranda —le advirtió Laura mientras caminaban por el pasillo de mármol gris—. Odia que le hagan perder el tiempo, no tolera los titubeos y exige que su agenda esté coordinada al minuto. Tu escritorio está justo en la antesala de su oficina privada. Hoy tiene una junta de consejo a las diez, así que prepárate.

​Miranda asintió, memorizando cada indicación. Sentada frente a su nuevo escritorio, equipado con tecnología de punta, sintió una mezcla de orgullo y nerviosismo. Cada vez que miraba la pantalla o organizaba los archivos físicos, pensaba en Thiago, quien a esa hora ya estaba bajo el cuidado de Candy en el apartamento. Ese pensamiento le daba una calma de acero. Estaba lista para lo que fuera.

​A las nueve en punto, las puertas del ascensor privado se abrieron con un sutil tintineo.

​Miranda levantó la vista de inmediato y sintió que el aire se congelaba en sus pulmones.

​Alejandro Villarreal avanzaba por el pasillo con la elegancia innata de un depredador. Vestía un traje de tres piezas negro, una camisa blanca inmaculada que acentuaba su piel ligeramente bronceada y una corbata de seda oscura. Su porte era abrumador; desprendía un aura de poder y control tan densa que los empleados a su paso bajaban la cabeza instintivamente.

​Pero no fue su imponente estatura ni su mandíbula perfectamente afeitada lo que hizo que a Miranda se le diera vuelta el estómago. Fue su aroma. Al pasar cerca de su escritorio, el perfume a madera, sándalo y tabaco caro la golpeó de golpe. Era el mismo aroma que había quedado impregnado en las sábanas de la suite 404. El mismo aroma que había respirado contra el cuello de su amante nocturno.

​Miranda se aferró al borde del escritorio para no tambalearse. Las manos le comenzaron a sudar. No puede ser él, se repitió en un grito mental lleno de pánico. Es una coincidencia. El mundo no puede ser tan retorcido.

​Alejandro se detuvo en seco justo frente al escritorio de Miranda. Sintió una extraña vibración en el aire, un instinto primario que lo obligó a clavar sus ojos oscuros en la nueva empleada.

​—Señor Villarreal, ella es Miranda Soler, la nueva asistente contratada por Recursos Humanos —la voz de Laura rompió el trance, presentándola.

​Miranda, haciendo acopio de una fuerza que no sabía que poseía, se puso de pie, alisó su falda y le sostuvo la mirada.

​El impacto en Alejandro fue brutal. Al chocar contra esos ojos azul eléctrico, profundos, cristalinos y cargados de una fuerza inquebrantable, su mente lo transportó en un milisegundo a la penumbra de L’Éclipse. Era la misma mirada que le había quitado el sueño durante semanas. La misma mirada de la mujer que lo había arañado con pasión en la suite 404. La sorpresa fue tan genuina que Alejandro apretó la mandíbula, y por un instante, el frío empresario pareció perder el control.

​Un silencio sepulcral y tenso se instaló en la recepción. Laura miró a ambos con extrañeza, notando la intensa corriente eléctrica que se había desatado de la nada.

​Alejandro entornó los ojos, recorriéndola de arriba abajo. Sin embargo, la mujer que tenía enfrente vestía un traje sastre abotonado hasta el cuello, llevaba el cabello recogido en un moño impecable y profesional, y sostenía una postura de absoluta sumisión laboral. No había rastro de la lencería de encaje ni de la sensualidad salvaje de aquella noche. Además, el director de Recursos Humanos le había asegurado que contrataba a una madre soltera, una mujer con un perfil técnico intachable y una necesidad urgente de estabilidad. Una mujer decente.

​Alejandro se convenció a sí mismo de que estaba cayendo en la locura. Su obsesión por la mujer del club estaba empezando a jugarle sucias pasadas con su mente, haciéndole ver visiones en su propia oficina.

​—Señorita Soler —pronunció Alejandro, y su profunda voz barítona hizo que a Miranda se le erizara la piel, reconociendo el tono dominante que le había susurrado al oído en la oscuridad—. Espero que los informes sobre su eficiencia sean ciertos. En esta oficina no acepto errores ni distracciones.

​—Le aseguro, señor Villarreal, que mi único objetivo aquí es cumplir con mi trabajo con la máxima excelencia y discreción —respondió Miranda. Su voz sonó profesional, fría y formal, un tono completamente lejano al de los gemidos de la suite.

​Alejandro la evaluó un segundo más, buscando una grieta, pero Miranda se mantuvo firme como una estatua de sal.

​—Bien. Lleve los informes de licitación a mi mesa en diez minutos —dictaminó Alejandro con frialdad antes de dar media vuelta y entrar a su imponente despacho privado, cerrando la puerta tras de sí.

​Miranda se dejó caer en su silla en cuanto la puerta se cerró. El corazón le latía a un ritmo ensordecedor. El destino se estaba burlando de ella de la peor manera posible: el hombre que la había poseído en las sombras era su nuevo jefe. Tenía el dinero para Thiago, tenía el empleo digno, pero acababa de entrar voluntariamente a la boca del lobo. Y el juego de la doble identidad acababa de comenzar.

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