El carmín en sus labios era lo único que Miranda reconocía frente al espejo del baño de L’Éclipse. El vestido de seda negra que Candy le había prestado se ceñía a su cuerpo como una segunda piel, delineando la curva de sus caderas y dejando al descubierto la delicada línea de sus clavículas. Sin embargo, lo que realmente la transformaba era el antifaz de encaje negro. Al amarrar las cintas de seda detrás de su cabeza, sus ojos azul eléctrico parecieron encenderse con un brillo felino, ocultando a la madre asustada y dando paso a una criatura de la noche.
—Hazlo por Thiago —susurró Miranda, apretando los puños. Su voz tembló, pero sus ojos no. Si fallaba esa noche, su hijo dormiría en la acera bajo la lluvia. Sus valores seguían intactos en su corazón, pero su cuerpo era el escudo con el que protegería a su pequeño.
Salió del baño y cruzó el umbral hacia el salón principal del club. El ambiente la embriagó de inmediato: una penumbra elegante iluminada por sutiles luces de neón púrpura, el aroma a perfumes caros combinados con whisky de malta y una música de jazz lento que vibraba directamente en el pecho. Hombres de trajes impecables y mujeres de alta sociedad se movían como sombras, todos protegidos por el absoluto anonimato de las máscaras. Nadie miraba rostros; todos buscaban intenciones.
Miranda caminó hacia la barra de mármol negro, sintiéndose el blanco de todas las miradas. El pulso se le aceleró cuando se sentó en uno de los taburetes de cuero.
—Un vodka de frutos rojos para la hermosa dama de azul —una voz profunda, barítona y con un matiz de autoridad absoluta resonó a su lado.
Miranda giró la cabeza despacio. Un hombre imponente se había acomodado en el taburete contiguo. Era un gigante de hombros anchos, envuelto en un traje gris oscuro hecho a la medida que gritaba opulencia y poder. Su rostro estaba cubierto por un antifaz de cuero negro que solo dejaba al descubierto una mandíbula fuerte y cuadrada, y unos labios carnosos que se curvaban en una sonrisa lánguida y peligrosa. Sus ojos oscuros la recorrieron con una fijeza tan intensa que Miranda sintió una corriente eléctrica recorrerle la espina dorsal.
Era Alejandro. Aunque para ella, en ese instante, solo era un depredador nocturno.
—No recuerdo haber pedido un trago, caballero —respondió Miranda, intentando mantener una voz firme y formal, un mecanismo de defensa que a Alejandro le pareció la provocación más exquisita que había recibido en años.
—Considérelo un tributo —replicó él, acortando la distancia entre ambos. El calor que emanaba de su cuerpo la envolvió de golpe, cargado de un aroma a madera, tabaco caro y un magnetismo puramente animal—. Llevo media hora observándola desde el reservado. Es nueva aquí, ¿verdad? Su cuerpo intenta parecer segura, pero sus dedos delatan que tiene prisa. Y en este lugar, la prisa se paga caro.
Miranda contuvo el aliento. El descaro y la seguridad de ese hombre la intimidaban, pero también despertaban una extraña y prohibida calidez en su vientre. Pensó en los treinta y cinco centavos de su mesa. Pensó en Thiago.
—A veces la prisa no es un capricho, sino una necesidad —dijo ella, sosteniéndole la mirada azul con una determinación que hizo que Alejandro apretara la mandíbula bajo la máscara.
A Alejandro se le aceleró el corazón. Había ido a L’Éclipse buscando escapar de la asfixiante culpa de su hogar, de la imagen de su esposa enferma y del peso de su imperio. Esperaba encontrar a una mujer plástica que fingiera placer a cambio de un fajo de billetes. Pero esta mujer de ojos azul eléctrico desprendía una autenticidad devastadora. Había una mezcla de inocencia herida y orgullo inquebrantable en ella que lo encendió de una manera brutal.
Alejandro deslizó una tarjeta dorada con el número 404 sobre el mármol de la barra, y encima de ella, colocó un fajo de billetes de alta denominación. Suficiente para pagar la renta de Don Roque tres veces y comprar la farmacia entera para Thiago.
—La suite 404 está reservada. Yo pago por el tiempo, pero exijo una entrega absoluta. Sin nombres, sin pasado. Solo tú y yo en la oscuridad —la voz barítona de Alejandro bajó a un susurro ronco, casi una orden que hizo que a Miranda se le erizara la piel—. Si subes esa escalera, me pertenecerás hasta que salga el sol. ¿Tenemos un trato, mi misteriosa dama azul?
Miranda miró el dinero. El dilema moral la golpeó por última vez, pero el rostro de su hijo cruzó su mente. Con los dedos temblorosos, tomó los billetes, guardándolos en su pequeño bolso, y luego tomó la llave dorada.
—Tenemos un trato —sentenció Miranda.
Alejandro sonrió con una satisfacción oscura y posesiva. Se puso de pie, mostrando su imponente estatura, y le ofreció el brazo. Miranda lo tomó, sintiendo la firmeza de sus músculos bajo el traje. Mientras caminaban hacia las escaleras que conducían a las suites privadas, Miranda supo que acababa de cruzar el punto de no retorno. Iba a salvar a su hijo, pero el precio sería entregarle su cuerpo al hombre más peligroso y fascinante que jamás había conocido.