El sonido de la tos seca y ahogada de Thiago rompió el silencio de la habitación, clavándose como una astilla en el pecho de Miranda.
Ella se acercó a la pequeña y desgastada cama de resortes, colocando la palma de su mano sobre la frente del niño de cuatro años. La piel de su hijo quemaba. La fiebre no había cedido ni un ápice a pesar de las compresas de agua fría que le había aplicado durante toda la noche.
Miranda contuvo las lágrimas, tragándose el nudo de desesperación que la asfixiaba. Caminó a pasos lentos hacia la única mesa de madera del cuarto y vació los bolsillos de su gastado abrigo. El sonido metálico de las monedas resonó con una crueldad infinita en la penumbra.
Las contó una a una, aunque ya se sabía el resultado de memoria. Treinta y cinco centavos.
Eso era todo lo que le quedaba del último trabajo temporal limpiando los pisos de un restaurante del que la habían despedido hacía dos días porque el dueño consideraba que "perdía el tiempo" cada vez que llamaba para saber cómo seguía su hijo. Treinta y cinco centavos no alcanzaban para el antibiótico que el médico de la clínica pública le había recetado a Thiago, ni para un litro de leche, ni mucho menos para la renta que debía desde hacía dos meses.
Mirando esas miserables monedas, el peso de su pasado la asaltó con amargura. ¿Cómo había terminado así? Miranda no siempre había pertenecido a la miseria. Cinco años atrás, era una joven ilusionada que creía haber encontrado el amor en Julián, un hombre ambicioso que le prometió el cielo y las estrellas. Pero Julián resultó ser un cobarde. En cuanto Miranda le confesó, con las manos temblorosas, que estaba esperando un hijo suyo, él mostró su verdadera cara. Le robó los pocos ahorros que ella había juntado con el trabajo de su madre fallecida y desapareció de la ciudad sin dejar rastro, dejándola embarazada, sola y con el corazón destrozado.
Desde la muerte de su madre, diez años atrás, Miranda había aprendido a defenderse sola, pero el embarazo lo cambió todo. Sin estudios terminados, con las puertas del mercado laboral cerrándosele en la cara por el simple hecho de ser madre soltera, y cargando con los gastos de un bebé, la caída libre hacia la pobreza fue inevitable. Había pasado de apartamento en apartamento, vendiendo lo poco que tenía, hasta terminar en esa vecindad de mala muerte. Había soportado humillaciones, hambre y jornadas laborales inhumanas con tal de mantener la frente en alto y demostrar que sus valores seguían intactos. Pero el destino era un juez despiadado.
Unos golpes violentos y autoritarios en la crujiente puerta de madera la sacaron bruscamente de sus recuerdos.
—¡Miranda! ¡Abre la puerta, sé que estás ahí dentro! —la voz áspera de Don Roque, el casero, retumbó en el pasillo.
Miranda respiró hondo y abrió la puerta solo un par de pulgadas.
—Don Roque, por favor, baje la voz, el niño está muy enfermo... —suplicó en un susurro cargado de dignidad.
—No me importan tus excusas, muchacha. Llevas semanas con el mismo cuento —sentenció el hombre, cruzándose de brazos—. Hoy es el límite. O me pagas los dos meses completos de renta antes de la medianoche, o pongo tus pocas cosas y a tu hijo en la calle. Y créeme que no me va a temblar la mano.
—Por favor, se lo ruego... solo deme tres días. Soy una mujer honrada, yo le voy a pagar...
—¡Las promesas no pagan mis cuentas! —la interrumpió él, despiadado—. Medianoche, Miranda. O hay dinero, o duermen en la acera.
La puerta se cerró y Miranda se deslizó de espaldas contra la madera hasta caer de rodillas en el suelo. Se cubrió el rostro con las manos, dejando que el llanto fluyera en un silencio absoluto para no asustar a Thiago. Se sentía completamente rota. Sus principios y su decencia de nada servían bajo una tormenta inminente que amenazaba con dejar a su hijo enfermo en la calle.
—No llores, mami... no me duele tanto —la voz débil de Thiago la hizo reaccionar. El pequeño intentaba sonreír, con sus ojitos apagados por la fiebre.
Miranda se limpió las lágrimas de golpe, caminó hacia él y le besó las mejillas. Una fuerza salvaje, el instinto puro de una leona protegiendo a su cría, se encendió en su interior. Julián la había abandonado, el mundo le había dado la espalda, pero ella no iba a dejar que su hijo sufriera. Si el mundo le exigía pagar un precio alto por la vida de Thiago, ella lo pagaría. Con lo único que le quedaba: ella misma.
La puerta volvió a abrirse de forma suave. Candela, su vecina del extremo del pasillo, entró al cuarto. "Candy", como la conocían todos, vestía un abrigo costoso que contrastaba de forma ridícula con las paredes descascaradas de la vecindad. Al ver el rostro pálido de Miranda y escuchar la respiración fatigada del niño, Candy entendió la situación de inmediato.
Caminó hacia la mesa, vio los treinta y cinco centavos y suspiró. Luego, colocó un paquete sobre la madera: un vestido de seda negra de corte exquisito y, encima, un antifaz de encaje negro.
—Es hoy, Miranda —dijo Candy con una seriedad que rara vez mostraba—. El evento exclusivo en la suite 404 de L’Éclipse es esta noche. Los hombres más poderosos e influyentes del país van a estar ahí. Nadie hace preguntas, nadie revela nombres. Las máscaras nos protegen. Puedes ganar en unas horas lo que no ganarías en un año limpiando pisos. Salva a tu hijo.
Miranda miró el encaje negro. Su moralidad se resistía a la idea de entregarse a un extraño.
—Yo... yo no puedo hacer esto, Candy. No soy ese tipo de mujer —susurró con la voz temblorosa.
Candy se acercó y la tomó con firmeza por los hombros, obligándola a mirar hacia la cama.
—Sé que eres una mujer íntegra, Miranda. Pero las mujeres como nosotras no tenemos el lujo de elegir cómo sobrevivir. Ese antifaz no te va a corromper; te va a proteger. Ahí dentro, bajo la máscara, tú manejas el juego. No lo hagas por ti... hazlo por él.
Miranda desvió la mirada hacia el vestido de seda. Las palabras de su amiga calaron hondo, destrozando sus últimos tabúes. No era una decisión tomada por ligereza; era un bautismo de fuego por amor maternal.
Caminó hacia la mesa y tomó el antifaz de encaje entre sus dedos temblorosos. Al ponérselo frente al pequeño espejo roto de la pared, sus propios ojos azules la miraron de vuelta con una frialdad nueva. La Miranda dulce y desvalida que se dejaba pisotear por la pobreza tenía que morir esa noche.
—Cuida a Thiago mientras no estoy, por favor —dijo Miranda, con una voz de acero, dispuesta a caminar directo al infierno con tal de comprar el futuro de su hijo.