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Capítulo 2

Marcello

—Señor Caltabiano, todo está listo para el viaje a Puerto Esperanza —me informó Mario—. Los Gauthier llegarán tres horas después, como usted indicó.

No respondí, pero él interpretó mi silencio como una confirmación de que estaba de acuerdo con lo que acababa de decirme. En este momento me encontraba releyendo el extenso documento que firmaríamos al llegar a aquel punto limpio. Yo mismo había redactado todas las cláusulas para impedir que los Gauthier pudieran encontrar lagunas jurídicas para beneficiarse. Si bien no iba a invadir su territorio y comenzar una guerra, no iban a librarse de una rendición. Mi preciado hijo era la garantía de que mis intenciones no eran aniquilarlos, aunque en el pasado nuestros clanes se disputaran a muerte por Marcellonia y las islas circundantes.

El matrimonio entre Alain y la hija mayor de Fausto Gauthier era el mejor movimiento para asegurarme de obtener el yacimiento petrolífero que había sido descubierto en su territorio. Ellos intentaron por todos los medios ocultarlo, pero yo lo sabía todo en tiempo real. Que ellos confiaran ciegamente en la lealtad de su gente era tan ingenuo como pensar que los gobiernos dirigían el mundo.

Mientras leía, escuché disparos. Me levanté del asiento y fui a la ventana. Mi pequeño hijo estaba practicando tiro de nuevo. A pesar de tener solo siete años, era mejor que muchos de mis hombres, al menos en puntería. Todavía tenía que aprender a mantener la estabilidad de las piernas y no caerse la mayoría del tiempo.

Lo estaba haciendo bastante mejor que otras veces, cosa que sucedía cuando estaba enojado. A Alain no le hacía ninguna gracia la idea de ser comprometido a su edad. Él comprendía perfectamente las implicaciones de un matrimonio, aunque todavía le faltaran muchos años para que se concretara. El amor que sentía hacia mi vástago no me había frenado de introducirlo en nuestro mundo a temprana edad. El acto más grande de lealtad en nuestra familia no era proteger, sino preparar para protegerse a sí mismo y a los seres más débiles, como los hijos recién nacidos o las mujeres.

—Estarías orgullosa de él —susurré hacia la nada, pensando en esa misteriosa mujer donante—. Ojalá pudieras verlo.

Volví a mi escritorio para terminar de analizar el documento, pero enseguida saqué la fotografía. La madre de mi hijo era una hermosa adolescente, con unos intensos ojos color zafiro, los cuales, por suerte, él había heredado. Todos los días observaba aquella fotografía con la absurda esperanza de encontrarla al menos en alguna de las rameras que me complacían.

Aquello no ocurriría, pero no dejaría de buscarla.

El toque de la puerta interrumpió mis pensamientos. Esperé unos segundos para que la persona entrara. No era Mario ni ninguno de mis subordinados, sino Thais, la mujer encargada de preparar a mis mujeres cuando quería un encuentro con ellas.

—Señor —dijo, inclinándose con respeto—. Gracias por recibirme y regalarme su tiempo.

—Ve directamente al grano —le pedí—. Estoy en mis preparativos.

—Si no fuera urgente, no lo habría molestado —respondió, avergonzada y evitando mirarme a los ojos, como yo ordenaba a todos mis subordinados—. Una de las mujeres estaba encinta, señor. Se llama Carlota. Ahora mismo está grave y con fiebres que no ceden. Se practicó un aborto en el consultorio médico, tal como usted indicó que hiciéramos en estos casos.

Me levanté de la silla y suspiré.

—Lo siento mucho, señor —se disculpó Thais—. No sabemos qué pudo pasar si todo estaba controlado. Por favor, indíqueme qué es lo que...

—Llévame a donde está —pedí con tono tranquilo, preparándome para la visita que tendría que hacer.

—Sí, señor —asintió.

Sin que ella lo viera, saqué mi revólver del cajón y me lo enfundé en un rápido movimiento. La seguí en silencio por los pasillos, hasta llegar a las escaleras que descendían al sótano, lugar destinado a las habitaciones de mis concubinas. En total eran doce, como marcaba la tradición. Los gritos resonaban por todo el pasillo, insoportables, agudos e infernales. Esa ramera se merecía su destino no solo por quedar embarazada, sino porque ese bastardo ni siquiera era mío. Un soldado, que me sirvió para mis prácticas de tiro, había sido el culpable de tal despropósito. A ella la dejé vivir un poco más para que sucediera precisamente esto. Quien me traicionara no vivía para contarlo, solo para agonizar.

Al atravesar el pequeño pasillo que conducía a la habitación, pude contemplar el final de mi venganza. Carlota yacía en la cama y una de las concubinas le pasaba una compresa húmeda por la frente. La compresa se le resbalaba debido a las intensas convulsiones que agitaban su frágil cuerpo.

Que estuviera así era una delicia que merecía ser saboreada lentamente. Por desgracia, no tenía mucho tiempo disponible para dedicarle.

—Mi señor, buenos días —dijo la concubina sana mientras se levantaba para inclinar la cabeza.

—Sal de aquí —ordené—. Thais, llévala a su habitación.

—Sí, señor.

Thais tomó del brazo a la chica nueva y juntas se marcharon. Yo me quedé de pie frente a la cama, disfrutando del espectáculo de esta ramera ensangrentada y febril.

—Tenías tanto potencial. —Negué con la cabeza, chasqueando la lengua—. Lástima que decidiste entregarte a...

—Él... Él me obligó —me explicó Carlota.

—Claro, y por eso lo has disfrutado tanto —reí despacio, colocando la punta del revólver sobre su tobillo.

Carlota tenía unas piernas morenas y bien torneadas. La suavidad de su piel era lo que me había hecho elegirla, pero ahora no deseaba tocarla ni con la punta de mis sagrados dedos.

La ramera tembló más al notar como el metal se deslizaba por su pierna izquierda. Se encontraba tan mal que ni siquiera abría los ojos, aunque sí reconocía el arma con el que algunas veces la había masturbado.

—Mi... señor —musitó.

—Yo lo sé todo —le dije sin prestarle realmente atención y sintiendo lástima por ese par de bonitas piernas—. ¿Creíste que no me daría cuenta de tu mal comportamiento? ¿Pensaste que podrías hacerme creer que ese bastardo era mío?

—Era suyo.

—No, yo no tengo hijos con nadie más, solo con ella.

Unos gritos agudos resonaron en la habitación. El sangrado se había vuelto más abundante y tenía un olor nauseabundo. Yo mismo era el culpable; había ordenado que no mantuvieran ninguna clase de higiene al practicar el aborto para que se infectara.

—Abre las piernas, voy a ayudarte un poco.

No obedeció. Se estaba muriendo, perdiendo la conciencia. Sus gritos de agonía eran música para mis oídos, pero ya no podía quedarme a disfrutarlos.

Dejando de respirar para no seguir aspirando aquel asqueroso tufo, utilicé el revólver para obligarla a abrir las piernas. Carlota ya no era consciente de lo que le esperaba, así que no protestó cuando lo introduje.

—Eres tan aburrida —me quejé, embistiéndola fuertemente para que reaccionara.

—Alto, alto, piedad —gimoteó la ramera.

—Vaya, parece que no será tan aburrido —Sonreí, moviendo más fuerte el arma—. ¿Quieres que pare?

—Por favor, por favor.

Más sollozos. Que sufriera así no me conmovía en lo más mínimo. Al saber de su traición no había sentido celos, ni una gran herida a mi orgullo. Sin embargo, las traiciones no debían ser perdonadas. No había excepción alguna, ni siquiera para mi propio hijo.

—Tienes suerte de que tenga prisa y no pueda seguir —dije, deteniendo los movimientos—. Me habría gustado jugar una vez más contigo.

Su suspiro de alivio fue lo último que escuché antes de disparar múltiples veces dentro de ella. Más sangre asquerosa me salpicó, pero solucioné el problema lavándome en el baño.

—Aburrido —murmuré decepcionado.

Al salir del baño, me encontré con dos mujeres que gritaban. No esperaban que yo la hubiera matado de verdad. Era muy extraño que un jefe de familia asesinara a sus concubinas, menos si no había motivos justificables. Para ellas todavía no las había, pero pronto me encargaría de que lo supieran.

—Y esto es lo que les pasa a las rameras que me traicionan.

Thais y mi otra concubina, Isidora, jadearon y palidecieron simultáneamente.

—Ahora, largo. Que el olor de esta putrefacta mujer les recuerde que la concubina que quede embarazada está muerta. Se quedará tres días allí.

Las dos asintieron y se marcharon rápidamente, sin siquiera ver el cuerpo. Yo tampoco lo hice y me fui de allí. Tenía cosas más importantes en que pensar ahora. El enfado que había sentido murió con esa mujer.

—¡Papá!

El grito de Alain me hizo sonreír. Me detuve en medio de la estancia y esperé a que entrara y viniera a mis brazos.

—Estuve observándote. Cada día mejoras más —lo elogié—. Pero debes mejorar con las piernas.

—Lo sé —respondió con seriedad—. Pronto lo haré mejor.

—Estoy seguro de eso. Tienes que seguir practicando. Por ahora, tienes que supervisar tu maleta; nos vamos dentro de poco tiempo.

Bajé a mi hijo al suelo, quien puso mala cara.

—No quiero ir.

—Debes hacerlo. Es tu responsabilidad y no puedes eludirla. Lo sabes, Alain.

—Tienes sangre. —Señaló mi camisa, la cual estaba manchada con la sangre inmunda de la ramera muerta—. ¿Mataste a Carlota?

—Sí, hijo —respondí sin inmutarme.

—¿Porque estaba sufriendo?

—Porque me traicionó.

—¿Y te divirtió hacerlo?

Reflexioné en silencio unos instantes. Alain era un niño familiarizado con la muerte y con el hecho de decidir sobre la vida de las personas cuando era necesario, pero dudaba en explicarle que sentía cierto placer. Esas eran cuestiones que, cuando niño, nunca me había planteado. Él era demasiado analítico para su edad, y a veces no podía decir si eso era bueno o malo.

—Hay cierto placer cuando te aseguras de hacer lo correcto, como en este caso —contesté—. Si ella no hubiese desobedecido, entonces no habría tenido que matarla. A veces debemos tomar decisiones que no nos gustan, pero...

—No es mi decisión hacer este viaje —dijo enfurruñado—. Yo no quiero tomar esa decisión, papá.

Solté una carcajada, una que solo mi hijo podía provocarme, porque era la única persona a la que le permitía ser él mismo conmigo. Y sus conclusiones me resultaban, en su mayoría, muy divertidas.

—Pero eres mío, todavía eres menor de edad, así que yo tomaré esa decisión.

—¿Y si...? —Alain se detuvo y negó con la cabeza mientras retrocedía—. Iré a ducharme.

—Está bien —respondí, fingiendo no darme cuenta del motivo de su vacilación.

Alain era listo, pero yo lo conocía como la palma de mi mano y como cada kilómetro de las montañas. Su plan era aceptar el matrimonio y deshacerlo en cuanto tuviera el poder de hacerlo. Por pensamientos menos graves que ese había aniquilado a muchos de mis hombres.

Con mi hijo no lo haría. Su mente infantil aún no comprendía los alcances de la alianza. Algún día lo haría, y por ese motivo no hacía nada por apaciguar esas ideas que eran, hasta cierto punto, normales. Solo el tiempo y la madurez le permitirían asumir sus obligaciones.

En mi habitación, a la que subí poco después, me deshice de mi camisa lanzándola a la chimenea encendida. Era pleno verano, pero el fuego siempre resultaba útil para llevarse todo lo impuro e inservible. La camisa, por supuesto, no era lo inservible. La habría conservado incluso si hubiera perdido todos los botones o se hubieran desgarrado las mangas. Era esa sangre la que debía desaparecer. La camisa solo había sido un daño colateral.

Me vestí mientras observaba la tela perderse entre las llamas. Lo único que se resistía a desaparecer era esa mancha, pero mantuve la calma y esperé hasta que se consumió por completo. El olor nauseabundo parecía de nuevo flotar en el aire. Esta vez no dejé de respirar y seguí preparando con tranquilidad mi maleta. Viajar a Puerto Esperanza siempre venía bien, aunque fuera para tratar un asunto de carácter tan desagradable como el matrimonio de mi hijo.

De haber tenido elección, habría liberado a Alain de todo esto. No me gustaba hacerlo sufrir; eso era como infringirle dolor a ella. Siempre debemos tomar decisiones, aunque no nos gusten, pensé.

Puerto Esperanza era nuestro próximo destino y no había nada que pudiera cambiar nuestros planes.

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