Mundo de ficçãoIniciar sessão
Sapphire
Cuando mamá habló de unas vacaciones en crucero con su mejor amiga, creí que se había vuelto loca. Por algunos días traté de averiguar si tenía alguna enfermedad terminal, deseos frustrados o si la habían despedido del trabajo. Pero ninguna de esas cosas era la realidad. La realidad era que mamá había descubierto su bisexualidad y había comenzado una relación con River.
Aquello era algo que había sospechado desde años atrás y me dolía que ella no quisiera contármelo. Tal vez me lo merecía por aquel par de años en los que me volví una persona hermética por culpa del estrés postraumático, pero no podía evitar sentirme ofendida. Aun así, no iba a reclamárselo. Mamá tenía derecho a ser feliz, a disfrutar de su vida después de casi perderla por culpa de mi padre, a quien no habíamos vuelto a ver desde que se convirtió en el consejero de la familia Caltabiano. Estar relacionado con ellos era un arma de doble filo: podrías tener acceso a todos los lujos que el mundo te ofrecía, pero también era comprarte una sentencia de muerte ante el mínimo error. Papá había renunciado a todo para obtener el poder y nos había enviado a este pequeño puerto para que nadie nos relacionara, pues uno de los requisitos para ser consejero era no tener descendencia ni familiares cercanos.
Podía vivir amargamente pensando en su abandono y maltrato, pero lo cierto era que cada día de mi vida le agradecía por dejarnos en Puerto Esperanza. El puerto no era grande, aunque era tan pacífico que no me veía viviendo en ningún otro lugar. No extrañaba para nada muy tranquilo, espérame, prepárame un pan el ritmo frenético de la capital ni su contaminación visual y auditiva. Amaba mis caminatas por la playa y trabajar en un bar en el que podía observar las más hermosas puestas de sol. En pocas palabras, Puerto Esperanza era el sitio en el que quería pasar toda mi vida y toda mi muerte.
—¿De verdad no te molesta? —me preguntó Marisol mientras secábamos los vasos—. Digo, son nuestras madres.
—No, realmente no —murmuré.
—Pero debes tener una opinión al respecto —insistió—. ¿No te incomoda?
—Supongo que solo es el hecho de que no me dijera que es su novia.
—Debes entenderla. Tal vez piensa que tienes la esperanza de que ella vuelva con tu padre.
Detuve lo que estaba haciendo y miré a mi amiga con el ceño fruncido. No comprendía cómo ninguna de las tres me conocía aún lo suficiente como para saber que no quería que ese hombre volviera a entrar en mi vida. ¿Tenía acaso las palabras «idiota» e «ingenua» escritas en la frente?
—¿Es en serio?
Marisol se sonrojó y rodeó la barra para dirigirse a las mesas, las cuales teníamos que limpiar antes de que llegaran los primeros clientes. El trabajo era más pesado desde que Marisol y yo éramos las únicas empleadas, pero el bar estaba en su temporada más baja y no se podía pagar a más personas.
Pero no importaba, habría más propina para ambas.
—Olvida que dije eso —suplicó—. No sé por qué lo dije.
—Y yo no sé por qué lo piensan —dije con desdén, volviéndome a concentrar en secar el vaso.
Mi amiga no insistió más en el tema y yo tampoco abrí la boca. Nuestra relación era así. No había problemas de comunicación, pero preferíamos evadir los conflictos hasta tener la cabeza fría y no poder decir nada de lo que nos arrepintiéramos. Muchas personas pensaban que éramos tontas por hacer eso; sin embargo, nos funcionaba bien para tener una relación respetuosa y fuerte. A pesar de no ser las personas más expresivas, siempre estábamos la una para la otra.
—Tan brillante como siempre —elogió nuestra jefa al llegar—. Dentro de poco vamos a abrir.
—Me parece que hoy estará relajado —sonrió Marisol—. Todavía es temporada baja.
La expresión de la señora Rizzo se ensombreció. Algo pasaba, pero parecía no desear decirlo todavía. Yo tampoco quería que lo hiciera. Lo más probable era que tuviera que cerrar el bar.
—Sí, hoy tendremos una tarde y noche relajadas —asintió—. No tienen que preocuparse. Es posible que cerremos temprano.
Marisol y yo nos miramos con seriedad. Una noche holgada implicaba menos propinas, y en épocas como esta era lo que más necesitábamos.
La gente comenzó a llegar en poco tiempo. Marisol recibió las primeras órdenes mientras yo las preparaba. Los alimentos que ofrecíamos aquí no tardaban mucho en prepararse, así que en menos de veinte minutos ya habíamos servido a algunos clientes.
La noche, tal y como había dicho la señora Rizzo, transcurrió de manera tranquila. Ninguno de los clientes hizo alboroto —salvo uno que se entusiasmó demasiado con el color de mis ojos— y pudimos cerrar temprano, mucho más temprano de lo acostumbrado. Aquello, en lugar de aliviarme, me preocupaba. Mi vida no dependía de este trabajo —mamá tenía un empleo bien pagado como asistente de presidencia en el periódico del pueblo—, pero sí mi orgullo. No quería que mis gastos volvieran a depender de ella ni estar más limitada por sus olvidos. Mi madre era una buena persona y me amaba, pero su trastorno por déficit de atención, diagnosticado apenas tres años atrás, hacía difícil que recordara todo.
—¿Crees que el bar esté por cerrar? —preguntó Marisol mientras nos dirigíamos a casa, a dos calles del bar—. Noto que la señora Rizzo está muy nerviosa últimamente.
—Sí, yo también lo noto —asentí—. No lo sé, tal vez solo sea una crisis.
—Creo saber qué le pasa, pero no sé si decírtelo.
Me detuve y Marisol también lo hizo. Nunca había sido especialmente adicta a los chismes y habladurías, pero me preocupaba la señora Rizzo.
—¿Qué?
—Todavía me sorprende que vivas dentro de tu propio mundo, incluso en un lugar tan pequeño —se burló—. ¿No escuchaste nada acerca de la visita de algunos miembros de los Caltabiano y de los Gauthier? Parece que habrá una alianza matrimonial entre los hijos de los líderes y quieren reunirse en un lugar neutro. Es todo un acontecimiento, todos hablan de eso. Bueno, menos los turistas que vinieron hoy.
—¿Alianza? ¿Acaso no eran enemigos? —pregunté.
Puerto Esperanza, aunque fuera territorio de los Caltabiano por pertenecer a la región de Marcellonia, se consideraba uno de los «puntos limpios», donde clanes enemigos tenían prohibido atacarse. Aun así, me resultaba inquietante el hecho de que los Caltabiano y los Gauthier, las mafias más poderosas, se reunieran. Ellos nunca lo hacían, a menos que fuera para matarse entre miembros de poca monta. Sus líderes, o lo más cercano a ellos, podían pasar generaciones sin conocerse las caras.
—Sí, es raro, ¿cierto? Debe haber un motivo por el que les convenga unir fuerzas.
—Si lo hay, no quiero ni imaginarlo —contesté—. Debe ser algo que nunca podremos entender. Es mejor no mencionar a esas personas.
—¿Cómo no hacerlo? Hasta el gobierno les paga impuestos.
No respondí a eso y reanudamos la marcha por las silenciosas calles, en las que caminábamos sin miedo a que alguien nos hiciera daño. Las ventajas de los puntos limpios no solo aplicaban a la gente poderosa, sino a los habitantes. Los crímenes cometidos dentro de esos territorios eran castigados con la pena capital y, dependiendo de la gravedad del delito, con torturas previas. Ese extraño enlace entre el gobierno y la mafia hacía que todo funcionara maravillosamente en este sitio.
Marisol y yo nos despedimos en la puerta de nuestros departamentos, que estaban uno frente al otro. Ella había bromeado con la idea de que encontraríamos a nuestras madres enredadas entre las sábanas, pero por suerte no era así. Mamá estaba empacando sus cosas alegremente en la sala.
—¿Crees que este me queda mejor que este? —preguntó, mostrándome dos trajes de baño.
—Los dos son azules —reí mientras me acercaba—. Aunque creo que este se ajusta más a tu figura.
—Siempre tienes la mejor respuesta, mi amor —dijo contenta—. Oye, es temprano, apenas son las once, ¿no hubo muchos clientes?
—No, mamá. ¿Necesitabas la casa?
Mamá dejó de sonreír y soltó un suspiro. Cuando hacía eso, sabía que nos esperaba una de sus conversaciones «profundas». Aunque durasen menos de cinco minutos, no me gustaba mucho que las tuviéramos, ya que ella terminaba por sentirse ansiosa.
—¿Todavía no me perdonas que no te lo dijera? —preguntó con tacto—. Mi amor, no quería que te enteraras todavía porque la relación apenas empieza. Nos estamos conociendo como pareja.
—¿Y entonces, por qué Marisol lo sabe? —repliqué.
—Porque ella jamás ha tenido un padre, con el que espere que su madre regrese. Marisol siempre ha sabido las preferencias de River.
Apreté los dientes, intentando no dejar escapar ninguna de las muchas barbaridades que cruzaban por mi mente. ¿Cómo creían que yo extrañaría a un hombre que me golpeaba desde que tenía uso de razón y que en mi cumpleaños número quince se apareció solo para someterme a un procedimiento extraño sobre el que no tenía conocimiento? Me costó muchísimo superarlo y dejar de preguntarme qué parte de mí habían arrebatado para venderla en el mercado negro o, peor aún, a los Caltabiano.
—Es increíble que pienses que extraño a esa basura —dije molesta y apartándome—. ¿Tan idiota crees que soy?
—Lo siento —respondió avergonzada—. Sabes que mi padecimiento…
—No, tu padecimiento solo te hace distraída, pero no es justificación para que no me conozcas o no sepas que estaría loca si lo extrañara. Llevo veintitrés años siendo tu hija.
—Cariño, perdóname —suplicó—. No era mi intención herirte.
—Nunca es tu intención —la interrumpí, tajante y dolida—. Buenas noches, mamá. Espero que pases unas vacaciones increíbles en el crucero. Por favor, no vayas a olvidar que necesito las llaves de la casa para poder entrar. O tal vez sea mejor que alquile algo, porque seguramente lo vas a olvidar.
—Hija…
Sin dejarla hablar, me marché a mi habitación. Intentaba entender a mi madre y su condición y que, a pesar de eso, me criara; pero a veces la situación me rebasaba. No importaba cuántas terapias tomara, nunca iba a poder evitar reaccionar con disgusto ante la más mínima insinuación de que yo tenía cariño por mi padre.
Por la mañana, estaba llena de remordimientos por haberle hablado así a mamá, así que me levanté más temprano de lo usual para encontrarla y disculparme. Mis intenciones, sin embargo, se quedaron solo en eso. Mamá ya no estaba en casa y había dejado una nota sobre la mesa, disculpándose por la discusión de ayer.
La nota no decía mucho, pero mis ojos se llenaron de lágrimas. Nuestra relación nunca podría ser normal, no cuando todavía nos perseguía la sombra de ese mal hombre que, si se acordaba de nosotras, podía volver a amargarnos la vida.
Me limpié las lágrimas rápidamente y tomé un desayuno ligero mientras analizaba las cosas que faltaban en casa. Mamá a menudo olvidaba comprar algunas cosas, pero esta vez la alacena estaba llena, por lo que no sería necesario acudir al mercado. El sentimiento de culpa se intensificó al recorrer el departamento y darme cuenta de que se había esforzado mucho por dejar todo listo para mí. Lo más probable es que River le hubiese ayudado a hacer todo esto, pero tenía que reconocer su esfuerzo por no dejarme en ceros.
—Fuiste muy dura con ella. Vino anoche llorando a buscar a mamá —me recriminó Marisol cuando me la encontré afuera—. Phire, tan solo fue un error.
—Lo sé, y es por eso que me voy a disculpar cuando llegue.
—Pues tendrás que hacerlo cuando lleguen, ya tomaron el crucero.
—¿Qué? No, no, era mañana.
—Para variar, Norma se equivocó. El boleto era para hoy, así que se fueron a toda prisa en cuanto amaneció.
Apreté el borde de la puerta hasta que me dolieron los dedos. El arrepentimiento por haber sido grosera se esfumó de golpe. Sus maneras de actuar, aunque no fueran intencionales, siempre terminaban hiriéndome. Todos me pedían que la comprendiera, pero nadie me comprendía a mí.
—¿Por qué? —susurré—. ¿Por qué no pudo decírmelo?
—Te habías enojado. Prefirió no molestarte.
—Pero es mejor hablar las cosas antes de asumirlas, ¿no lo crees?
Marisol hizo una mueca y se acercó al verme con los ojos llenos de lágrimas. Por un momento pensé que iba a apiadarse de mí, pero me miró con reproche.
—Eres muy dura con ella, deberías tranquilizarte.
—¡¿Por qué no paran de decirme eso?! —le grité, empujándola—. ¿Por qué tengo que entenderlas todo el tiempo y ustedes no consideran mis sentimientos?
—Sapphire, ¿adónde vas? —me llamó Marisol cuando bajé corriendo las escaleras—. ¡Sapphire!
Un molesto zumbido en los oídos me hizo detenerme al salir del edificio. Esto me ocurría cada vez que corría debido al estrés. Esperé un poco a que pasara y traté de poner buena cara mientras me dirigía a la playa, lugar que era mi refugio.
En cuanto puse un pie en la arena, me sentí un poco mejor, aunque no lo suficiente para dejar de sentirme triste. A lo lejos vi a un niño que estaba en cuclillas en la orilla del mar y se cubría los oídos. Miré a mi alrededor y no había ningún adulto que lo estuviera vigilando. En Puerto Esperanza era normal que los niños vinieran a jugar sin supervisión paterna, pero eso era por las tardes, cuando salían del colegio. Además, las ropas finas de aquel chico no eran comunes aquí.
Impulsada por un sentimiento de compasión, decidí acercarme. Quizás estaba perdido y necesitaba ayuda.
—Hola, cariño, ¿te pasa algo? —le pregunté mientras me arrodillaba a su lado.
—Me zumban los malditos oídos —se quejó, y me tapé la boca para no gritar.
¿Por qué un niño tan pequeño hablaba de semejante forma?
—¿Estás enfermo?
—No, me ocurre cuando corro —respondió sin mirarme aún.
Contuve las ganas de acariciarle la espalda para no asustarlo. Era pequeño y de facciones finas. Su voz era aguda e infantil, pero su pronunciación era perfecta, muy parecida a la de la capital.
—A mí también —le dije con simpatía—. Solo tienes que tranquilizarte para que se te…
—Eso ya lo sé, muchacha tonta —masculló, mirándome por fin.
Cuando nuestras miradas se cruzaron, muchas cosas se removieron dentro de mí. Los ojos de aquel niño no solo eran hermosos, sino de un azul tan profundo como los míos.
—Mami —dijo, sonriendo de una forma aterradora; y aunque tenía miedo, no me aparté—. Mami.
El niño me echó los brazos al cuello y me abrazó con fuerza. Podía sentir sus rápidos latidos contra los míos, creando una sensación abrumadora. No podía ser mi hijo; eso era imposible, porque yo nunca había estado embarazada, pero por alguna razón le creía.
—Mami, papá quiere que me case. Solo tengo siete años —sollozó—. Mami, ayúdame.
—Pequeño, yo no…
La sombra de una persona nos cubrió. Alcé la vista lentamente, aún sin soltar al niño, e inmediatamente reconocí a ese hombre, que nos observaba con una sonrisa ladina en el rostro. Era la clase de mirada que solo las personas sedientas de poder tenían.
Mi padre colocó un dedo sobre sus labios para que no hiciera ruido y, antes de que pudiera comprender qué quería, me arrebató al pequeño.
Mario Bussolati de nuevo arrancaba una parte de mí sin que yo lo supiera.







