SEBASTIÁN
Ella irrumpe por la puerta como la mismísima Diosa, un profundo resplandor naranja cubre su vibrante pelaje castaño rojizo mientras se lanza hacia mí.
Salto a un lado mientras ella gruñe, se da vuelta y me mira con enojo y por un momento todo en lo que puedo pensar es en lo magnífica y poderosa que se ve.
"¡Zaia!", dice Hugh, preocupación y miedo en sus ojos, pero no tiene nada de qué preocuparse. No dejaré que ella se lastime, incluso si eso significa que tengo que advertirle.
Ell