El silencio del apartamento era casi palpable, roto solo por el ocasional crujido de los muebles mientras intentaba adaptarme a mi nueva realidad. Una semana había pasado desde la boda, una semana de miradas esquivas y palabras cargadas de tensión.
Me movía con cautela por el lugar, tratando de marcar mi territorio sin invadir el de Leonardo. La distribución del apartamento, con sus espacios pequeños y funcionales, no facilitaba la tarea. Cada encuentro fortuito en el pasillo o la cocina era un