El apartamento estaba en silencio. Leonardo seguía sumido en su propio infierno, ajeno al torbellino de emociones que se desataba en ella. No se molestó en prepararle el desayuno; su empatía por él, esa que la había hecho dudar la noche anterior, se había esfumado con la luz del día.
Bajó las escaleras y salió del apartamento, el aire fresco de la mañana un contraste bienvenido con el ambiente cargado del interior. El viejo coche que Don Rafael les había asignado, ese que Leonardo despreciaba,