Al día siguiente, la empresa Santini amaneció bajo un cielo despejado, ajena a las tensiones que se habían sembrado la tarde anterior. En la recepción, el ritmo era el habitual: llamadas telefónicas, empleados entrando y saliendo con paso apresurado, el suave murmullo de las conversaciones. Hasta que la puerta principal se abrió, dejando entrar una figura que capturó la atención de todos.
Rodolfo Perales hizo su entrada con una presencia imponente. Era un hombre alto, de complexión atlética, co