Casandra se dió la vuelta de prisa, cómo si el mundo entero dependiese de que tan rápido sus pies se movieran en el asfalto. Como si la cordura misma que apenas conseguía conservar, pudiese escaparse cómo agua entre sus manos si bajaba el ritmo.
Habían pasado años... Y su corazón aún latía frenético cada vez que sus ojos cruzaban con los suyos en un vaivén ajeno.
Pero aquel amor estaba prohibido.
No porque quisieran que así fuese, sino porque el destino así lo había decidido.
La misma historia