Adelaide apenas había recorrido una cuadra cuando el mundo pareció girar bajo sus pies. Llevó una mano hasta la pared de un local para sostenerse mientras un intenso mareo volvía a apoderarse de su cuerpo. Las náuseas regresaron con más fuerza que en la cafetería y sintió que las piernas dejaban de responderle. Respiró profundamente, intentando recuperar el equilibrio, pero cada segundo que pasaba la sensación empeoraba. En ese mismo instante, Lorenzo Bellini caminaba por la acera de enfrente j