La mañana comenzó con la puntualidad que caracterizaba a la mansión Prieto. Los primeros rayos del sol entraban por los amplios ventanales, iluminando el mármol blanco de los pasillos y arrancando destellos dorados de las piezas de decoración. En el comedor, el desayuno ya estaba servido. Café recién hecho, frutas frescas, pan artesanal y una selección de quesos reposaban sobre la larga mesa. Sin embargo, aquella mañana ninguno de los dos tenía demasiado apetito.
Adelaide desayunó con tranquili