El mesero regresó con una botella de la mejor reserva de los viñedos Prieto. Con absoluta elegancia la descorchó frente a ellos y sirvió el vino en dos copas de cristal antes de retirarse discretamente. Marco observó a Adelaide mientras acomodaba la servilleta sobre sus piernas. Aquella noche había algo diferente en ella. No era solo el vestido que resaltaba su delicadeza ni el brillo de su maquillaje, sino la serenidad que transmitía su rostro. Hacía mucho tiempo que no la veía sonreír con tan