El sonido de la puerta al abrirse no fue lo que sobresaltó a Kingsley; fue el familiar taconeo, demasiado rápido y confiado como para ser de alguien del personal de la casa. Levantó la vista desde el reposabrazos del sofá de cuero, donde había estado medio reclinado con el teléfono aún aferrado en la mano, mientras la voz de Katherine flotaba en sus pensamientos como un perfume que se desvanece.
—Kingsley —dijo la voz, afilada, serena y del todo impuntual por lo temprana.
Él se incorporó lentam