El sol ya había calentado el sendero serpenteante cuando Katherine y Carolina se dirigieron al centro de bienestar, ubicado en el borde de los terrenos del retiro. El techo estaba cubierto de musgo y la entrada enmarcada por gruesas enredaderas de glicinia, cuyas flores moradas se curvaban como dedos perezosos mecidos por la brisa.
Carolina soltó un suspiro dramático y estiró los brazos por encima de la cabeza mientras se acercaban.
—Amiga, necesito que alguien me vuelva a colocar la columna en