6. Un teatro...

Capítulo 6. Un teatro mal montado.

Se sentó en el borde de la cama y los recuerdos comenzaron a asaltarlo... desde la primera cena de aniversario que ella preparo con tanta ilusión y que él ni siquiera comió por no querer manchar el recuerdo de su único amor, la cena de cumpleaños, cuando llegó tres horas tarde y la encontró dormida sobre la mesa, junto a las velas derretidas y por no querer despertarla la dejó allí hasta el día siguiente.

Recordó la vez en que ella le tejió una bufanda cuando él mencionó que tenía frío por las mañanas, y cómo él la dejó olvidada en una reunión sin siquiera darle las gracias, cuando quiso ir a buscarla.

Recordó cada "te amo" que ella le susurró al oído antes de dormir, y cómo él siempre respondía con un gruñido o un simple silencio, dando por sentado que ella nunca lo dejaría solo...

Quiso buscar el collar, ese collar de brillantes y esmeralda de la madre de Fernanda y recordó que Valeria se lo había llevado o, mejor dicho, nunca se lo había devuelto desde la noche anterior. Francisco tomó el teléfono y marcó el número de Valeria. Su intención era clara... recuperaría la joya, buscaría a Fernanda y le rogaría una oportunidad, lejos de los ojos chismosos, lejos de Alejandro Novaro y de los escándalos, total en los cinco años que han estado casados, has sido más las veces que ella lo ha perdonado, de las que él ha tenido que pedir perdón.

El teléfono sonó varias veces hasta que Valeria contestó. Pero no era la voz seductora de siempre. Era un grito ahogado, un sollozo desgarrador que hizo que a Francisco se le helara la sangre.

-- ¿Valeria? ¿Qué pasa? – le preguntó él, poniéndose de pie de un salto.

-- ¡Francisco! ¡Ayúdame, por favor! – gritó ella entre sollozos, la piel de Francisco se crispo.

-- ¡Ella está aquí! ¡Fernanda ha venido a mi habitación! –

-- ¿Qué dices? ¿De qué estás hablando? – de pronto otro gritó, el sonido de algo cayendo al suelo, otro grito más.

-- ¡No, Fernanda por favor! – más y más gritos. Y un silencio.

Francisco salió de casa apresurado, su teléfono seguía intentando comunicarse con Valeria, pero no pasaba nada.

De pronto cuadras antes de llegar, ella respondió.

-- Ayúdame por favor – su voz era casi un susurró –

-- ¿Qué pasó Valeria? – le preguntó. Aunque tenía claro lo que había pasado.

-- Fernanda se enteró de que yo tenía el collar... irrumpió como una loca. Me gritó cosas horribles, me dijo que yo no era nada... ¡y luego me empujó, Francisco! Me golpeó contra el borde de la mesa... me tiro cosas encima y ... – Valeria comenzó a hiperventilar.

-- Tengo mucho dolor... Francisco, tengo miedo por el bebé... ¡No quiero perder a nuestro hijo! – le dijo.

-- ¿Nuestro hijo? – Francisco sintió que el mundo se detenía, tuvo que frenar es seco. El auto que estaba detrás casi se choca contra él.

-- ¿De qué bebé estás hablando Valeria? – le preguntó una vez que pudo hablar.

-- ¡Iba a ser una sorpresa para esta noche! – le gritó ella con voz quebrada.

-- Estoy embarazada, Francisco... pero ahora hay sangre... Fernanda me atacó, ella quiere vengarse de mí de la peor manera... ¡Ven por favor, que me estoy muriendo! –

La furia que Francisco había sentido hacia sí mismo se transformó instantáneamente en un odio ciego hacia Fernanda.

 ¿Cómo se atrevía?

Podía quitarle el dinero, podía humillarlo públicamente, pero ¿atacar a una mujer embarazada? ¿Intentar matar a su propio hijo por despecho? Eso nunca lo iba a permitir.

-- Resiste, Valeria. Voy para allá – rugió él, acelerando el auto, olvidándose de la luces rojas, del peligro.

Olvidando los recuerdos de la bondad de su esposa, de las palabras de su abuela y dejando que la manipulación de Valeria apagara la poca lucidez que le quedaba.

Mientras corría en su coche, no vio que, a unos metros de distancia, un coche negro de vidrios polarizados lo seguía desde que salió de casa. Adentro, Fernanda Herrera bajaba su teléfono después de recibir un informe de su equipo de seguridad.

-- ¿Realmente creyó la mentira de ese embarazo tan rápido? – le preguntó el mayordomo Arturo desde el asiento del conductor.

-- Francisco siempre ha preferido creer cualquier cosa que venga de esa mujer, aunque eso signifique una mentira dramática siempre que lo haga sentir un héroe – le respondió Fernanda, con la mirada fija en el frente.

-- ¿No piensa detenerlo? – ella negó.

-- Déjalo que corra hacia ella. Quiero ver hasta donde es capaz de llegar por las mentiras de esa mujer – Fernanda cerró los ojos, por primera vez en cinco años, no iba a hacer absolutamente nada para ayudarlo.

-- No sabe que acaba de firmar su propia sentencia de muerte social. Mañana, el mundo no solo sabrá que es un quebrado, sino que es el cómplice de una ladrona y estafadora –

Ella sintió cómo el último hilo que la unía a él se cortaba definitivamente. Francisco se estaba dirigiendo a una trampa.

El motor del Porsche rugía con una violencia que reflejaba el caos en la mente de Francisco. Cada semáforo en rojo era una tortura, cada segundo de retraso una puñalada de culpa.

Las palabras de su abuela seguían martilleando sus sienes...

"Fernanda se quedó, Fernanda te cuidó".

Pero ahora, esa misma mujer, la que su abuela creía un ángel de paciencia, se había convertido en un monstruo capaz de atacar a una mujer indefensa por un simple collar de brillantes. O al menos, eso era lo que Valeria le había hecho creer a través del teléfono.

-- ¡Resiste, Valeria! ¡Por Dios, resiste! – gritaba Francisco al volante, golpeando el cuero con el puño una y otra vez.

Cuando finalmente llegó a la suite, encontró la puerta entreabierta y un escalofrío le recorrió la espalda. Al empujarla, lo que sus ojos vieron lo dejó paralizado.

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