7. Más pruebas...

Capítulo 7. Más pruebas a favor de Fer.

La habitación parecía un campo de batalla.

Lámparas tiradas en el piso, jarras de cristal hechas añicos contra el suelo y las cortinas de seda parcialmente arrancadas, parecía como si monos de circo se hubieran estado columpiando sobre ellas.

Pero lo peor estaba en el centro de la habitación. Valeria yacía tendida sobre la alfombra clara, su vestido blanco manchado de un rojo intenso y brillante que se extendía en un charco debajo de ella.

-- ¡Valeria! – gritó Francisco corriendo hasta desplomarse a su lado.

La tomó entre sus brazos. El rostro de la mujer estaba pálido, sus ojos apenas entreabiertos y sus labios temblaban.

-- Fran... Francisco... – susurró ella, con una voz que parecía venir desde el otro lado del abismo.

-- Ayúdame, por favor. Sálvame... salva a mi bebé... nuestro bebé... ella me dijo que, si yo no le daba el collar, me quitaría lo que más amo... – susurró, parecía que no tenía fuerza para más, pero seguía hablando sin parar.

-- ¿Nuestro bebé? – preguntó el con duda. No recordaba en qué momento había estado con Valeria. Sin bien es la mujer de su vida, él nunca le había sido infiel a su esposa, al menos no que recordara.

-- Fran, no recuerdas la noche que bebimos de más... – él intentó recordar cuando ella dio un grito de dolor.

-- Me empujó, Francisco... me golpeó con tanta fuerza... ella –

-- No hables Valeria por favor, no hables más, te voy a sacar de aquí – le dijo Francisco, estaba llorando, una mezcla de terror y odio puro hacia Fernanda lo consumía.

Alzó a Valeria con cuidado, sintiendo cómo el líquido rojo empapaba su propia camisa.

-- ¡Voy a matarla! ¡Te juro que, si algo le pasa al bebé, Fernanda pagará por esto, te lo prometo... no te preocupes –

-- Prefiero morir si algo le pasa al niño! –

-- Nada le pasará – dijo él.

-- Me duele tanto... – gimió Valeria, ocultando su rostro en el pecho de él.

-- Ella gritaba que tú eras de ella, que nadie tendría un hijo tuyo si no era ella... Fue un monstruo, Fran. No era la mujer que conocías –

Francisco estaba a punto de cruzar el umbral de la puerta con Valeria en brazos cuando se detuvo en seco. Tres oficiales de policía y un hombre de traje oscuro, que reconoció como el abogado personal del Grupo Nanda, le bloquearon el paso.

-- ¡A un lado! – rugió Francisco, con los ojos inyectados en sangre.

-- ¡Llamen a una ambulancia, esta mujer está perdiendo a un bebé! ¡Mi esposa la atacó! Acaso no saben quién soy yo... mi nombre es Francisco Villa –

El oficial al mando miró a Valeria y luego el charco en el suelo, pero no se movió. Su rostro era una máscara de profesionalismo gélido.

-- Señor Francisco, hemos recibido una denuncia por robo agravado – le dijo el oficial con seriedad. El tipo frente a él podría ser el señor Villa, pero la denuncia la habían hecho directamente desde los altos mandos del grupo Nanda.

-- La señora Fernanda Herrera ha reportado que el collar de diamantes y esmeralda herencia de su madre, una pieza de valor incalculable se encuentra en posesión de la mujer que usted lleva en brazos. Tenemos órdenes de recuperar el objeto y detener a la sospechosa –

-- ¿Están ciegos? – gritó, Francisco su voz quebrándose de la desesperación.

-- ¡Miren la sangre! ¡Miren cómo está! ¡Por dios! ¡Fernanda estuvo aquí hace media hora, la golpeó y le provocó un aborto! ¡Olvídate del maldito collar y ayuda a mi hijo! –

En ese momento, desde el pasillo, una figura emergió con una calma que resultaba insultante ante la escena de horror. Fernanda caminaba con pasos firmes, vestida con un traje sastre impecable, seguida por dos guardaespaldas de su hermano. No había rastro de pelea en ella, ni una gota de sangre, ni un cabello fuera de lugar. Su mirada se posó en Francisco y luego, con un asco infinito, en Valeria.

Al llegar junto a ellos Fernanda comenzó a aplaudir.

-- Qué despliegue tan dramático el tuyo Valeria – le dijo Fernanda, su voz resonaba en todo el pasillo como el golpe del mazo de un juez anunciando su sentencia.

-- Siempre fuiste buena para el teatro, pero esto es caer demasiado bajo, incluso para ti –

-- ¡Cállate! – le gritó Francisco dando un paso hacia ella, pero los policías lo contuvieron, obligándolo a depositar a Valeria suavemente de nuevo en el sofá.

-- ¡Eres una asesina! ¡Has matado a tu propio hijastro por envidia! ¡Valeria me lo contó todo! ¡Viste el collar y perdiste la cabeza! –

-- ¿Hijastro? – repitió Fernanda como si esa palabra le estuviera dando un nuevo motivo para estar allí.

Miró a su abogado,

-- ¿Eso cuenta como causal? – preguntó, y el hombre asintió. Francisco que sabía muy bien a que se refería se pudo nervioso. Estaba cavando su propia tumba sin siquiera proponérselo.

-- Con ese niño, usted puede demandar divorcio por infidelidad. Sería más rápido y obtendría más ganancias – anuncia el letrado.

-- ¿Te volviste loca? ¿Quieres el collar o quieres vengarte por él? –

Ella se acercó lentamente, sin mostrar un ápice de miedo ante la furia de su esposo. Se detuvo a unos centímetros de él y soltó una risa amarga que heló la sangre de los presentes.

-- ¿Vengar el collar? Francisco, yo no necesito ponerle un dedo encima a esta mujer para recuperar lo que es mío. Ella robó esa joya y tú fuiste su cómplice. Pero lo que me resulta fascinante es tu estupidez. ¿De verdad crees que estuve aquí y le hice todo lo que dijo que le hice? – señalo a Valeria y toda la habitación destrozada.

Francisco también observó todo esta vez. En los cinco años de matrimonio, y todas las veces que él la había dejado plantada, ella nunca había tirado un florero, aun cuando moría de rabia por dentro.

Incluso aquella noche que fue al hotel y la vio con el collar y la bata en la habitación que ellos acostumbraban a ocupar.

-- ¡Mientes! – chilló Valeria desde el sofá, retorciéndose de dolor, nunca dejaría que Francisco sospechara de ella, ni una sola vez.

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