Marcus miraba el reloj de la cocina con el ceño fruncido. Todo estaba puesto en su sitio: los platos, los cubiertos, la vela en el centro de la mesa… pero faltaba algo. Sabía que no era solo cuestión de organizar la mesa, sino de cómo sorprender realmente a Astoria. Y, en su desespero, solo había una persona a la que podía recurrir, aunque lo detestara: Saddam.
Lo odiaba, no podía creer que estuviera cayendo tan bajo en su vida; sin embargo, era necesario, todo era necesario si era para ver a A