—No digas tonterías, Marcus, solo estamos cantando —aclaró Astoria con un gesto despreocupado, a fin de cuentas ella no tenía por qué darle explicaciones a nadie de lo que podía o no hacer.
Después de todo, ella era una mujer soltera y podía hacer con su vida lo que mejor le pareciera.
En cuanto a Saddam, él estaba de brazos cruzados golpeando el suelo con la planta de su pie. Sus ojos estaban centrados en su esposa, la cual lo miraba con esa sonrisa aparentemente inocente.
—¿Qué haces cantando