Ofelia se encontraba en la cocina cuando, de repente, Angelo entró y empezó a moverse entre los utensilios como buscando algo.
—¿Te apetece un café? —preguntó Ofelia con una sonrisa amigable.
—Me leíste la mente —le sonrió Angelo—. Precisamente vine para prepararme uno —agregó.
—No hace falta que lo prepares. Aquí tengo uno recién hecho.
Angelo titubeó, observando la taza humeante que Ofelia le ofrecía.
—No quiero ser una molestia. Puedo prepararme el mío.
—Por favor, no me hagas sentir mal