“¿Escuchaste eso?” susurró María de repente desde el otro lado de la habitación, su voz apenas más fuerte que la tranquila noche a nuestro alrededor. Abrí los ojos lentamente, confundida por un momento mientras me sentaba en la cama y miraba hacia ella. La luz de la luna que entraba por la ventana iluminaba la mitad de su rostro, y ya podía ver la preocupación formándose en su expresión.
“No escuché nada,” respondí en voz baja, aunque algo en la quietud de la noche de repente me puso alerta. Ma