65| Una batalla de ella sola.
Llegaron a la casa de la hacienda, Toro se encerró en su habitación con el teléfono y Helene se sentó en la silla de la sala, a esperar.
Esperó pacientemente, hasta que el llanto de las trabajadoras de la casa por la “Muerte” de Itsac la hastiaron y salió al patio.
Hasta que Toro apareció de repente junto a ella.
— Bertinelli aceptó vernos — dijo Toro y Helene asintió.
— Pensé que sería más complicado.
— Justo eso, es sospechoso, pensé que tenía que cobrar cada maldito favor para llegar co