Capítulo L
Máximo
Miro cómo Scarleth cae por las escaleras. Corro hacia ella, la levanto en mis brazos y salgo lo más rápido posible de la casa, aún oyendo los gritos de mi madre. La coloco en la parte trasera del carro; está inconsciente y sangra entre las piernas.
Arranco a toda prisa. El tráfico se vuelve un muro: bocinas, autos que no ceden, y cada segundo pesa como una eternidad. La ciudad me recibe con su caos habitual: semáforos que parecen relojes enloquecidos, un atasco que no cede, b