Mundo ficciónIniciar sesiónEl eco de sus risas en la cafetería aún vibraba en el aire cuando Miki, Mina y Eugene regresaron a sus puestos de trabajo. Mientras Miki los seguía le daba vueltas a una idea: necesitaba una forma de compensar el desastroso incidente del café con Roman, algo que demostrara que su talento era mucho más grande que su torpeza.
Sin embargo, cuando estaba devuelta en su puesto de trabajo no tuvo tiempo de profundizar en ese plan ya que el ambiente en la oficina cambió drásticamente. El murmullo habitual de los teclados cesó, sustituido por un silencio cargado de respeto y receptividad.
Roman Blackwood entró en el área de trabajo, moviéndose con esa elegancia innata. Lo seguía su asistente personal, ella igualaba la expresión de su jefe; hermética. Detrás unos de empleados de logística cargaban carpetas de cuero mientras que otros organizaban cables con rapidez.
—Todos a la mesa de conferencias. Ahora —ordenó Roman. Su voz, aunque no era alta, se expandió por toda la sala.
El equipo se sentó alrededor de la mesa central. Roman se situó a la cabecera mientras que dos residentes repartían una especie de revista sobre el nuevo proyecto a todos los presentes.
Miki no pudo evitar fijarse en algunos detalles de Roman. Observó que vestía un poco más informal que el día anterior; sin corbata y con un blazer gris perla, hecho a la medida. Miki, sentada a solo un par de metros, le echó un vistazo de más a su rostro:
La textura casi cremosa de su piel contrastaba con la dureza de sus rasgos marcados. Noto también que Roman al apoyar las manos sobre la mesa para inclinarse hacia adelante, los músculos de sus hombros y brazos se contraían bajo la tela del blazer, revelando una fuerza física que solo se podía interpretar como horas de entrenamiento.
«¿Con qué tiempo entrenaba?»
Se preguntaba Miki asombrada. Reconoció su belleza casi a regañadientes, sintiendo una molestia interna por encontrarlo tan atractivo después de lo mal que se habían llevado hasta ahora.
—El nuevo proyecto se llama Aura —comenzó Roman, mientras la gran pantalla del fondo cobraba vida mostrando un frasco de cristal minimalista—. Es una fragancia cítrica de alta gama. La compañía de perfumes quiere irrumpir en el mercado joven, pero no quieren lo de siempre. Nada de modelos posando frente al espejo. Quieren algo innovador.
Miki asintió mientras un escalofrío de emoción la recorría. Era exactamente el tipo de reto que le apasionaba.
—Tenemos cuatro semanas para finalizar la propuesta técnica y visual antes de presentarla a los dueños de la marca —continuó Roman, recorriendo al grupo con una mirada gélida que se detuvo un segundo más de lo necesario en Miki—. Y un aviso para los pasantes: al finalizar este trimestre, solo habrá un puesto disponible por tiempo indeterminado en Vanguard. El que logre destacar más que el resto, se queda con la silla. Los demás... bueno, tendrán una buena referencia en su currículum.
La tensión en la mesa se volvió casi sólida. Eugene y Mina se enderezaron, con los rostros serios. A mi Mikaela le pareció un poco rudo el que lo hubiera dicho de esa forma. Y sin más, Roman se levantó, cerró su carpeta con un golpe seco y regresó a su despacho sin decir una palabra más, dejando tras de sí su habitual rastro de sándalo y una atmósfera de competencia. El resto del equipo se quedo para aclarar algunos puntos sobre Aura, ojearon las revistas que les dieron al principio para hacer las preguntas pertinentes.
Unas horas después, el grupo estaba de vuelta en su isla de trabajo, rodeados de pantallas llenas de datos sobre la industria del perfume. El silencio era pesado, hasta que Mina, incapaz de soportar más la presión, soltó un suspiro dramático y se echó hacia atrás en su silla:
—Si no hablo de algo estúpido ahora mismo, mi cabeza va a explotar —declaró mirando a Miki y a Eugene—. Chicos, tengo que desahogarme. Mi cita de anoche fue... un completo desastre. Comienzo a pensar seriamente en los beneficios de la soltería.
Miki dejó de leer un informe sobre notas de salida de bergamota y sonrió, agradecida por el descanso mental.
—Cuéntanos, Mina. ¿Qué ha pasado? —preguntó Miki, apoyando la barbilla en su mano.
—El muchacho es un sabelotodo. ¡Me corrigió el italiano tres veces! —exclamó Mina, gesticulando con una muestra de seda—. Estábamos cenando pasta y el tipo se puso a darme catedra sobre la trayectoria del "vino de autor".
Mikaela se encogió de hombros. «No parecía tan malo», pensó. Eugene por otra parte despego sus ojos de su tablet para mirarla sin entender la gravedad que Mina quería hacer ver.
—No, lo peor fue el final. —prosiguió sin disminuir la nota dramática— Sacó una calculadora para dividir la cuenta por ítems. ¡Me pidió dos dólares de diferencia porque mi agua tenía gas y la suya no! Casi le tiro el bolso a la cabeza.
La primera reacción de Eugene fue soltar una carcajada llena de malicia, aunque al ver la expresión de Mina se apiadó dándole un grado de seriedad al asunto.
—Qué miserable —expresó Eugene negando con la cabeza mientras volvía su atención al artículo que estaba leyendo sobre Aura.
Miki por otro lado aguantó la risotada, pensando. No confiaba en las aplicaciones; le parecían un terreno inseguro y frío. Siempre había preferido que las cosas sugieran de una manera espontanea, nada meditado. Aun así, comprendía que no todas las relaciones se producían desde un encuentro fortuito.
Una idea se reflejó repentinamente en su cabeza. Parecía mejor opción que la nefasta aplicación.
—Mina, tengo una idea mejor para la próxima. Hay un lugar famoso, de bajo perfil y muy tranquilo. —le propuso Miki recordando el restaurante que alguna vez le comento su amiga Carol en la universidad—. Se trata de citas a ciegas en un salón a oscuras. Te meten en un cubículo donde no puedes ver el rostro del otro. Y, si al final no hay match, simplemente te retiras sin saber nunca quién era.
Mina arqueó las cejas, intrigada.
—Oye... eso suena interesante.
Ambas se giraron hacia Eugene para conocer su veredicto. Él se había sumergido por completo en el artículo; mordía ligeramente la punta de un bolígrafo mientras fruncía el ceño en señal de concentración. Los destellos del sol rozaban sus rasgos, haciéndolo ver extrañamente atractivo y sexy en ese momento de concentración.
Miki y Mina se quedaron mirándolo un segundo de más. Aunque rápidamente se despabilaron abochornadas por el repentino pensamiento de lo guapo que era su compañero. Mina aplaudió fuerte para llamar su atención.
—¿Te parece bien una cita a ciegas, Eugene? En ese lugar famoso donde cenas a oscuras y no ves el rostro del otro.
Eugene alzó la vista, algo sobresaltado.
—¿Qué? Ah... bueno, no es mi estilo, pero si te sirve para no salir con contadores tacaños, adelante. —Se encogió de hombros con una sonrisita.
—¿Y tus lentes? —le soltó Miki de repente, notando su mirada más despejada.
Eugene se sonrojó un poco y se acomodó el cabello.
—Estoy probando lentes de contacto. —respondió para luego aplaudir una vez siguiendo el gesto de Mina—. Basta de charla de solteros. Si no sacamos la idea para la marca de perfumes antes de que Blackwood salga de su cueva, el puesto fijo se lo va a quedar una inteligencia artificial, no nosotros.
El cambio de tema fue tan repentino que Miki y Mina negaron con la cabeza, pero aceptaron. Se inclinaron de nuevo sobre sus escritorios, dejando que la risa se apagara para dar paso al trabajo. Necesitaban encontrar nuevas ideas de marketing.
No obstante, el silencio laboral no les duró demasiado. Fue Eugene esta vez quien rompió la concentración, parecía que ya se había decidido a soltar una bomba. Tras asegurarse de que la puerta del despacho principal estaba cerrada, se inclinó sobre la mesa, bajando la voz hasta convertirla en un susurro conspirador.
—Oigan... ¿Saben por qué Blackwood estaba tan cortante hoy? —soltó Eugene, dejando el bolígrafo sobre el escritorio.
Mina abandonó sus muestras de tela de inmediato, acercándose con los ojos brillantes. Miki, aunque intentó mantener la vista en su monitor, terminó ladeando la cabeza para escuchar.
—Dime que es un chisme de los buenos, Eugene —pidió Mina.
—Se dice que las tensiones con su padre, el presidente de la compañía, están a punto de estallar —comentó Eugene, mirando de reojo hacia el pasillo—. Se supone que Roman debería estar ya en la junta directiva, listo para suceder al viejo. Su padre está mayor, y Roman quiere el control total de la empresa lo antes posible.
Mikaela frunció el ceño, procesando la información. «¿Roman era el sucesor del Presidente? » Miki no se había percatado de ese gran detalle hasta ahora que Eugene lo mencionaba.
—¿Entonces qué hace aquí? —preguntó Miki—. ¿Por qué es nuestro Director Creativo?
—Ese es el punto —Eugene sonrió de lado, disfrutando del impacto de su noticia—. El rumor es que estar aquí es su "castigo". Al parecer, tuvo un roce fuerte con la junta y su padre lo mandó a la rama creativa para "ablandarlo" o para probar que puede manejar el caos antes de sucederle el imperio.







