El domingo amaneció con una luz dorada y limpia que parecía prometer un respiro. Para la comida familiar, Brielle y Declan Rhodes habían propuesto algo que definía perfectamente su espíritu: un almuerzo al aire libre en el jardín trasero de su casa, un espacio lleno de lavanda silvestre, árboles frutales y una mesa de madera gastada que invitaba a las confesiones largas. No había protocolos rígidos, solo el sonido del viento entre las hojas y el aroma de la carne asándose lentamente.
Mikaela l