El trayecto a casa fue un borrón de luces de la ciudad y un nudo en la garganta que no la dejaba tragar. Mikaela subió el ascensor sintiéndose como una extraña en su propio cuerpo, con los labios todavía ardiéndole por el roce de Roman y el perfume de sándalo impregnado en su ropa como una marca de traición.
Al abrir la puerta del apartamento, lo último que esperaba era encontrarse con alguien más.
Pero ahí estaban.
Daryl estaba sentado en la encimera de la cocina, rodeado de carpetas abiertas