—Bueno, ¿por qué no cenamos juntos? —invitó Felipe una vez más. Ella lo había rechazado la última vez, pero probablemente no lo haría ahora.
Como era de esperar, Sofía asintió, sonriendo:
—Por supuesto.
Ya se daría cuenta de cuál era su plan.
Decidieron la hora y el lugar, y Felipe salió de la oficina para ocuparse de su padre. Una vez fuera de su vista, Sofía borró la sonrisa de su cara. Sacó su teléfono y llamó a Francisco:
—Ayúdame a investigar a alguien. Es Felipe Díaz, de Ciudad d