Capítulo 17. Déjame ir
Natalia se quedó quieta como una estatua, su intento de protesta o de luchar murió en el mismo momento que lo miró.
—¡¿Qué esperan?! —gritó Efraín, al tiempo que una mano se posaba sobre su hombro—. ¡¿Qué demonios?!
Sus palabras fueron cortadas por un limpio derechazo de Julián que le rompió el labio y volvió a desviar su recién arreglada nariz.
—¡Eres un infeliz! —gritó Julián, lanzándose sobre él, golpeándolo tal como deseó hacerlo esa misma mañana, en Miramar. Entonces se había contenido par