El papel crujía entre sus dedos, arrugado por la presión de una mano que, hasta ese día, jamás había temblado en público. Céline Valtieri llevaba más de media hora de pie frente al lago, sin moverse, sin hablar, observando cómo la bruma se deslizaba sobre la superficie del Lemán como una sábana húmeda cubriendo algo que ya no podía tocarse.
No necesitaba volver a leerlo. Ya lo sabía. Lo había visto en las noticias, en la expresión de Clarisse, en el silencio tembloroso de los oficiales. Lo ha