El amanecer era suave, grisáceo. Céline se levantó sin prisas. Era sábado y los niños no tenían escuela, así que aún dormían en sus camas, ajenos al silencio espeso que flotaba en el penthouse.
Se puso una bata ligera y caminó hasta el salón.
Céline bajó las escaleras en silencio. No sabía si Kilian seguía en casa. La noche anterior se había acostado fingiendo que dormía, fingiendo que no lo sentía revolverse a su lado como un extraño que no sabía cómo quedarse ni cómo irse.
Lo encontró e