El silencio entre ellos fue tan denso que ni el vaivén del mar logró diluirlo.
—Nunca supe cómo regresar —dijo Kilian, al borde del colapso. Porque regresar significaba mirar de frente todo el daño que había causado, y temía que sus ojos no pudieran soportarlo. Había tenido miedo, no solo del juicio ajeno, sino del suyo propio.
—No querías regresar. No me tomes por estúpida —espetó Céline.
Se dieron un largo segundo más. Uno que contenía años de preguntas sin respuesta.
Y entonces, él