Al día siguiente, Dante empezó a hablarme desde temprano.
Parecía de mejor ánimo, más liviano, incluso feliz. Sentí que estaba preparado para preguntas más personales.
Mientras trabajaba, abrí un documento en Word para organizar las preguntas.
«Estaba emocionada y nerviosa a la vez, imaginando cómo sería ese “examen” que tanto nos habíamos prometido hacer».
Pero no alcancé a escribir mucho: el padre de Dante entró a la oficina.
—Señor Salvatore, ¿qué hace aquí? —pregunté, levantándome de inme